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martes, 28 de julio de 2026

La Frecuencia de los Hambrientos

 


   El resonador zumbó, desgarrando la membrana de nuestra realidad. De pronto, el aire se pobló de formas translúcidas y parásitos amorfos que orbitaban mi habitación. Eran depredadores de una frecuencia prohibida, observándome con hambre infinita. Al intentar apagar la máquina, vi cómo una de esas entidades se materializaba frente a mí, preparándose para reclamar el trozo de carne que soy.


FDL 2026


lunes, 8 de junio de 2026

El Hotel

    


    Llegué al hotel al caer la noche, siguiendo una ruta que no aparecía en ningún mapa.

   Las ventanas brillaban como si guardaran veranos de otras décadas.
Una mujer, muy pálida, pero de sonrisa tranquila me entregó una llave sin número. Caminé sin rumbo. En los pasillos, los huéspedes hablaban de viajes que nunca habían realizado.

   Cada puerta conducía a una fiesta distinta, pero siempre sonaba la misma melodía perdida.

Intenté recordar por qué había llegado allí, y descubrí que mi memoria estaba llena de habitaciones silenciosas.

   Al amanecer decidí marcharme. Bajé las escaleras, crucé el vestíbulo y empujé la puerta principal. Del otro lado me esperaba el mismo corredor por el que había entrado. Busqué, crucé otras puertas y me sucedió lo mismo.
   Entonces comprendí que aquel hotel no era amante de las despedidas y yo me había convertido en uno de sus visitantes eternos…

jueves, 12 de marzo de 2026

El amor tiene forma de sombra

 




No fue un beso lo que la cambió.

Fue la noche.

Una noche tan honda que devoraba los sonidos, las luces, las plegarias.

 

Ella lo vio entre las sombras:

un rostro pálido, unos ojos como espejos sin fondo.

No sintió miedo —sólo reconocimiento.

Era como mirarse en un reflejo anterior al tiempo.

 

Cuando él la tocó, la sangre se volvió música.

El corazón, un tambor lento que ya no quería detenerse.

Ella cerró los ojos y entendió:

no era su víctima, era su elegida.

 

Desde entonces camina por las calles desiertas,

con la piel fría, los labios teñidos de luna,

y el deseo ardiendo bajo el silencio.

 

Ama la oscuridad porque es lo único que no la traiciona.

Ama la oscuridad porque allí él aún la espera.

Y cuando la noche la envuelve por completo,

siente su aliento en el cuello,

su nombre pronunciado con un hambre sagrada.

 

Entonces sonríe.

Porque el amor, para ella,

siempre tuvo forma de sombra.


FDL 2026

Derechos reservados

jueves, 12 de febrero de 2026

Pétalos helados



 

El cementerio dormía bajo la bruma. La noche se derramaba como tinta sobre las lápidas.

Las cruces parecían susurrar nombres que el viento no se atrevía a repetir.

Ella avanzó descalza, vestida de negro, sosteniendo una rosa que aún no se había abierto.

Cada pétalo era una promesa, cada espina, una herida que no cicatrizaba.

 

Decían que el amor no sobrevive a la muerte.

Pero el suyo había echado raíces en la oscuridad.

 

Al llegar a la tumba de él, se arrodilló. La luna se ocultó detrás de las nubes.

La piedra estaba húmeda, y un hilo de musgo formaba letras invisibles.

Dejó la rosa sobre la losa y esperó.

El silencio era tan profundo que pudo oír su propio corazón desvanecerse.

 

Entonces la flor se abrió.

Sus pétalos exhalaron un perfume antiguo, mezcla de sangre y de recuerdos.

Y del suelo brotó un resplandor leve, como un suspiro contenido demasiado tiempo.

 

Ella comprendió que él seguía allí, entre las raíces, alimentando la flor.

Una parte de su alma, tal vez.

Un fragmento del beso que no llegó a dar.

 

La rosa se quedó viva, floreciendo en cada luna llena.

Quienes pasaban por el lugar juraban oír, en la noche, un murmullo enamorado,

como si alguien pronunciara su nombre con ternura y miedo.

 

Y así, mientras el mundo se olvidaba de ambos,

la rosa continuó creciendo sobre la tumba,

guardando en sus espinas la memoria del amor que nunca quiso morir.


FDL 2026

jueves, 11 de diciembre de 2025

Dos brasas verdes


 

 

Nadie recuerda su nombre.

Sólo sus ojos.

Dos brasas verdes que miran desde la penumbra,

como si el tiempo no pudiera tocarlas.

 

Camina por las calles mojadas, bajo los carteles que parpadean.

El viento levanta su abrigo, y el perfume de su piel confunde al aire.

Una radio perdida suena detrás de una persiana metálica

La canción dice:

El fuego quema corazones…

 

A veces, en los espejos de los bares vacíos, se ve un destello.

No es su reflejo —es ella misma, pero de otro tiempo, de otro cuerpo.

Y en ese cruce imposible, siente la fiebre del deseo antiguo que nunca se apagó.

 

Él la siguió una noche, creyendo que era amor.

La encontró en un cuarto sin relojes, sin respiraciones, sin fin.

La piel de ambos ardía, el tiempo se quebró.

Ella lo besó hasta que dejó de moverse,

y en su mirada se encendió otra eternidad.

 

Al amanecer, las calles se llenan de nuevos pasos.

Nadie nota las huellas húmedas que se alejan,

ni la sombra que, desde una esquina,

vuelve a abrir sus ojos verdes

esperando un nuevo e inesperado encuentro.


FDL 2025

Derechos reservados


viernes, 28 de noviembre de 2025

Una nueva colaboración

 Muy feliz por participar en un nuevo número de la revista,





miércoles, 29 de octubre de 2025

La visitante entre calabazas

 



   La aldea se preparaba para la Noche de Halloween, y Abel mucho más. El aire de octubre olía a hojas muertas y a promesas rotas. Él caminó descalzo por el huerto abandonado, donde las calabazas crecían torcidas, húmedas aún por el rocío de los que se habían ido. Cada una tenía una forma distinta de sonrisa, y todas lo miraban.

   El sol se escondía detrás de los árboles grises, y la luz parecía una herida. Abel se inclinó sobre una de las calabazas; sintió su pulso débil, su respiración vegetal. Cuando la cortó, la carne exhaló un gemido.

—¿Por qué sonríes así? —preguntó.

   La calabaza abrió sus grietas naranjas y la voz salió, tibia, con un temblor de nostalgia.
—Porque sé a quién esperas esta noche.

   Entonces, volvió a él ese recuerdo: los ojos en el espejo empañado, la figura que se asomaba cada 31 de octubre, cuando las almas volvían para buscar la piel que alguna vez amaron.

   Abel llevó la calabaza a su habitación. La colocó sobre la mesa y encendió una vela en su interior. La llama vaciló, luego ardió con un resplandor profundo, casi humano. Afuera, el viento movía los velos del jardín y el río reflejaba un rostro que no era el suyo.

   A medianoche, cuando el pueblo dormía, la puerta se abrió sin ruido. La visitante entró cubierta de polvo y luna. No tenía sombra. Se inclinó sobre él, sus labios olían a humo y a tierra. Sus ojos brillaban. Su pelo era una maraña.

   Cuando amaneció, el huerto estaba vacío. Solo las calabazas permanecían, todas sonriendo.

  ¿Sabes por qué? Porque ellas sonríen, cuando saben demasiado o se despiden de alguien que pasó al otro lado… 

martes, 7 de octubre de 2025

viernes, 19 de septiembre de 2025

Voces de Halloween

 



   Los personajes llegan de a uno, o de a pares. La chica de los gatos negros entra primero, seguida por sus felinos, que se disuelven al tocar la alfombra del vestíbulo. La Momia del atardecer se detiene ante un espejo manchado y observa su rostro de tela que nunca cambia. La Reina desmemoriada se sienta en un sillón tapizado con nombres que no son suyos.

   El carrousel de los milagros gira a lo lejos, visible desde cada ventana, aunque todos saben que está en otro lugar. Es parte del misterio. El hotel lo permite.

   El Chico de los relojes se detiene en el centro del salón principal. En la pared hay un enorme reloj sin números, sin manecillas, sin tic-tac. Solo una frase escrita en el borde:

    “Aquí no pasa el tiempo. Pero puede quedarse a dormir.”

   La Chica de los gatos susurra en voz baja: —Ya lo habíamos olvidado.

   Y entonces, la campana del guardián de los volcanes suena por primera vez.


                       (Fragmento)

 

sábado, 16 de agosto de 2025

Una nueva participación,

 Muy agradecido por haber sido partícipe de la revista,






jueves, 19 de diciembre de 2013

Detrás de unos ojos azules


No one knows what it's like
To be the bad man
To be the sad man
Behind blue eyes
(Behind blue eyes- The Who)


   Perseguido.
   Maldecido.
   Él no tenía la culpa de ser lo que era. Él no había pedido que lo hicieran así. Una copia de un ser humano. Un replicante. Un no nacido.
   Se había ocultado en las sombras de la noche esperando que las patrullas no lo encontrasen, pero ahora sentía frio y tenía mucha hambre. Las horas habían pasado con una velocidad increíble pero el temor no. El temor no se había ido y no creía que fuera a abandonarlo.
   Estaba solo y sin lugar a donde ir. Su vida había cambiado completamente. ¿Su vida? ¿Tenía una vida? No. Esa era una vida prestada.
   Ahora sabía la verdad. No era un ser humano, era un andrillo, una cosa fabricada en la Industria Cibernética Scott para servir a los humanos. Sólo que ahora había dejado de ser útil para convertirse en una amenaza. Sólo porque el estúpido chip que se encontraba en su cabeza había comenzado a funcionar mal y le provocaba dolores que lo hacían revolcar por el piso.
   No importaba que trabajase dieciocho horas seguidas en la empaquetadora de alimentos, durante seis a la semana y cobrando un mísero sueldo.
   Había aguantado todo, excepto la detención luego de haber sido examinado por los agentes de seguridad con el test Hampton & Fancher.
   - ¡Eres un maldito porta-piel ojos azules!
   - Ya me parecían que esos ojos no eran naturales…
   Las armas aparecieron en sus manos y solo su agilidad y fuerza le permitieron escapar.    
   Creyó que en los márgenes del Barrio Chino podría ocultarse, pero de alguna manera los hombres estaban tras sus pasos, y estaba aterrado. Su mente no era capaz de entender el porqué de esa siniestra manipulación.
   Un zumbido comenzó a recorrer el interior de su cráneo y se mareó.
   Se sujetó a una de las columnas del edificio en ruinas en el que se hallaba. Después de un par de minutos se sintió mejor y observó por la ventana. La visión de la ciudad golpeada por la llovizna y manchada por las luces de neón lo conmovió. Algo le decía que nunca más iba a poder observarla.
   Un ruido a sus espaldas le indicó que no estaba equivocado. Giró y los vio. Eran los dos agentes que lo apuntaban nuevamente. Un ramalazo de luz en sus ojos le dio un efecto de deja-vu cinematográfico.
   - No fuiste muy lejos ojos azules. ¿No sabes que no pueden escapar?
   - ¿Por qué no pueden aceptarlo?
   Rieron.
   No les contestó. El instinto de supervivencia era común en todos los seres vivos, aún en los artificiales, lamentablemente los hombres no parecían saber eso.
   - Tienes dos opciones andrillo. Puedes elegir entre la manera fácil o la difícil.
   - Vienes y te disparamos o corres y te disparamos igual.
   - No elijo ninguna de las dos- susurró ojos azules con la voz acongojada, y sin decir nada más se arrojó a través de la ventana abierta.
   Los agentes ni se inmutaron. Guardaron las armas y se acercaron sin prisa al ventanal que ahora estaba vacío.
   Miraron hacia abajo. Cinco pisos los separaban del cuerpo inerte del replicante que yacía sobre sucios charcos de agua con los brazos extendidos a los costados.
   - Bueno, creo que podemos irnos a casa- gruñó uno de los hombres.
   - Ahá. No hay nada más que hacer acá. Desde el móvil llamamos para que se lo lleven- respondió el otro.
   Bajaron en el ascensor sin decir una palabra. Llegaron al exterior y levantaron el cuello de sus abrigos. Pasaron por delante del cuerpo como si este no existiese.
   Los ojos azules se encontraban mirando fijos hacia el cielo. Ya nadie iba a preguntarse qué había detrás de ellos…








lunes, 18 de octubre de 2010

Todo para mi...

No es necesario que te diga que fuiste mi primer amor, la tierra que temblaba bajo de mí, el aroma ardiente de nuestro cuarto de hotel, la rosa con espinas que atravesó mi piel.
No quiero ser redundante, ni agobiarte con las palabras que te he dicho y que te podría volver a repetir, pero tienes que comprender que tú eres lo máximo para mí, la razón de mi locura, la razón de mi ser, pero a pesar de todo esto, no puedo dejar de pensar que me siento un extraño para ti. Y todavía no sé por qué.
Tal vez esta sensación, se deba a tu aire de extraña lejanía que usualmente emanas, a tu tacto frío, a tus largos silencios, a tu mirada vidriosa y a la leve palidez de tu piel.
Y eso que canto y bailo para ti. Te recito poemas, te alquilo comedias románticas para que veamos juntos en noches de luna llena, y te compro bombones de chocolate para que de una vez por todas me sonrías... Pero no lo haces... Permaneces igual, impasible, inconmovible. ¿Por qué me haces esto a mí? Si te he dado, te doy y te daré todo. Te he vestido de Reina y te he hecho fiestas esplendorosas, te he pintado retratos, y a pesar de que no me gusta mucho mostrarte en público, he hecho lo posible para que saliéramos. Te he llevado a dar paseos por el campo, y hemos navegado en coloridos botes a través del río. Hemos recogido flores y hasta conseguimos cazar algunas mariposas... No obstante, tú sigues igual...
Entonces creo que no puedo cambiarte, no he conseguido que lo hagas y debo resignarme a ello. A perder las esperanzas, y someterme a tu parco silencio. A renegar de mis fuerzas y aceptar la derrota. Que todos mis esfuerzos han sido en vano y que no hay nada más que yo pueda hacer para sacar una palabra de tus labios, o una mínima sonrisa. Por lo tanto, debo conformarme y seguir como hasta ahora, teniéndote en tu ausencia, amándote en tu frialdad...
No te preocupes niña mía, que de todas maneras, yo siempre estaré a tu lado peinándote, poniéndote esos preciosos vestidos que tanto te gustan, lavando tu cuerpo sintético y amándote. Porque eres todo para mí, eres sólo para mí, mi amor, mi vida, mi muñeca...
(Publicado por Editorial Raiz Alternativa)

miércoles, 25 de agosto de 2010

Al final de la luz

Me gusta recordar ese momento en que te volví a encontrar. ¿Lo recuerdas? ¿Quieres que te lo cuente otra vez…?
El blanco resplandor del desierto helado, cubierto de nieve en su plenitud, me lastimaba los ojos y me cegaba por breves momentos. Demasiada claridad.
A su vez, el viento gélido me golpeaba la cara con violencia, como si se tratase de la fiera garra de algún salvaje animal. Todo conspiraba contra mí.
Cubierto con mi pesada capa trataba de seguir adelante, en la medida de mis posibilidades, para llegar hasta ti, para poder rescatarte.
Hacía siglos que te había perdido, y rumiando mi dolor te había buscado en la oscuridad de infinitas noches, llenas de hastío y soledad.
Los cuentos de viejos peregrinos me habían traído hasta este ignoto y alejado lugar en el polo norte, pero por todo lo visto hasta este momento, ellos eran ciertos.
Había encontrado en la abandonada iglesia del pueblo, el cuadro pintado con tu imagen, escondido en un sótano lúgubre y lleno de ratas. Apartado de los ojos de la especie humana, para que no seas vista en todo tu esplendor, cuando comandabas legiones de demonios y los mortales caían a tus pies.
Luego seguí y pasé por el estrecho de las voces, donde antiguos pobladores levantaron una cruz negra de piedra a modo de advertencia, y de la cual tuve que apartarme y rodearla a una gran distancia, lo que me hizo perder mucho más tiempo para hallarte. Pero el último hallazgo, el que me indicó donde estaba tu tumba, lo encontré en la cueva de los lamentos, donde alguien había tallado en piedra parte de tu historia, y de como te habían atrapado.
Allí estaba el mapa, señalando el lugar exacto donde descansabas presa del infortunio de la tumba. Enterrada. Muerta. Pero yo te rescataría. A pesar de que nos habíamos separado en malos términos todavía te amaba. Y eso era lo que importaba.
Una vez habías sido mi reina, y lo serías una vez más. Ya faltaba poco, cada vez menos...
Muy pronto divisé la formación rocosa en forma de pirámide de la que hablaban las escrituras.
Me apuré, corrí, volé hacia ella según me lo permitía el viento. Me aferré a sus piedras y las saqué una por una arrojándolas a un costado, dejando parte de mi piel y mi carne en ellas, hasta que mis dedos magullados rasgaron una oscura madera y comprendí que se trataba de tu glorioso ataúd. Te había hallado.
Saqué las que quedaban y me tomé unos segundos para abrirlo. Por un instante una sombra de duda se había apoderado de mi mente. ¿Estarías allí? ¿No sería todo una mentira?
Un nuevo ramalazo de viento me hizo decidir. Puse toda mi fuerza sobrehumana sobre la puerta y la abrí. Te vi…
Estabas muda y gris. Carne seca, muerta, sin sangre. Breves pellejos sobre los blancos huesos, y largos cabellos negros perdiéndose en la oscuridad de la urna que te contenía. La estaca de madera dura sobresalía en medio de tu blanco pecho.
Con un grito ahogado agarré la estaca por su extremo y la arranqué. Luego mordí las venas de mi mano derecha y dejé fluir mi sangre longeva, dejándola caer en tu boca y en tu corazón. Y el milagro oscuro apareció.
Lentamente la carne volvió a aparecer sobre tu cuerpo, sobre tu cara, sobre tu frente. Tus senos turgentes volvieron a levantarse, y tus labios rojos volvieron a brillar, y luego con un grueso y ronco estertor, tu cuerpo se alzó y vomitaste un líquido negro y espeso que derritió la nieve a nuestro alrededor.
Entonces volviste, pude traerte y alzarte, y hacer que tus ojos me miraran de nuevo, y te dije:
-Ahora puedo pedirte que rías y bailes junto a mí. Levanta tus manos y deja que las viejas notas del armonio suenen en nuestros oídos, para que el mundo sea nuestro otra vez. Vuelve a soñar y a prometerme que nunca más me dejarás, si no hay tumba ni pecado que nos pueda separar.
Y habiendo dicho esto, nos besamos y nos prometimos que nunca más nos dejaríamos, y que nos vengaríamos de aquellos que quisieron separarnos.
Por siempre los dos, solos los dos.
Hasta el fin de nuestros días, reiremos y pisaremos con deleite los huesos de los necios. Porque al final de la luz, vive la oscuridad, y ese es nuestro lúgubre lugar…


Al final de la luz (publicado en Sin equipaje, Ed. Dunken 2007)

El Jardin del Deleite

Recuerdo, que lo primero que atrajo mi atención, fue tu voz, dulce y melodiosa, flotando a través del bosque, a través de los árboles, sobre el rumor del viento, sobre el rumor del manantial...
Y luego te vi. Estabas bailando, cantando y riendo, y estabas desnuda. Y tus pies suaves y tiernos acariciaban la hierba, y todo tu cuerpo, grácil y hermoso quemaba mi corazón...
Te observé atentamente, y el tiempo pasó mansamente, sin prisa, sin apuros. Deleitándome con tu sola presencia, con tu gracia, con el mundo que me regalabas. Y en ese preciso instante, te amé.
No sé como me animé a acercarme a ti, a olvidar mi fealdad, a atreverme a tocarte con mi temblorosa garra y pedirte que bailaras conmigo...
Fue en ese momento tan hermoso, bajo la luz de la luna, que te conté de mis sueños, mis esperanzas y mis miedos, y casi instantáneamente, una estrella fugaz sonrió sobre nosotros regalándonos su alegría.
Y todo fue hermoso y único. Un océano de hadas y ninfas nos regaló un gran banquete, y tu voz retumbaba en mis oídos como una hermosa melodía partiendo mi cuerpo en dos. Reímos y cantamos, y la noche fue una gran fiesta. La magia del amor, se derramó sobre la tierra, como el fino rocío del verano lo hace sobre las rosas, y supe lo que era ser feliz. Y el jardín fue un deleite de plenitud y de paz.
Un poco más tarde nos quedamos solos, y tus ojos brillaron de una manera especial, mucho más fuerte que el fulgor de los astros y el de los hielos eternos del polo norte. Entonces te besé...
Y ese fue un beso que atronó como una campana, retumbando en todo el universo, estremeciendo a los mismísimos ángeles, asustando a cabales demonios, provocando miles de misterios. Y de esa manera, como en el más logrado y festejado cuento de hadas, el milagro llegó a nosotros...
Tu cuerpo comenzó a cambiar, el pelo creció por toda tu piel y te cubrió plenamente, unos gruesos colmillos crecieron entre duros labios, y tus ojos verdes se tornaron feroces e intimidantes. Mi corazón rebozó de alegría, y sentí que por fin, mis plegarias habían sido escuchadas. Mi sueño más añorado se había realizado, y después de tantos años de espera, supe que nunca más habría de estar solo en el mundo.
Ya nunca más tendría que soportar tanta soledad, odio y sufrimiento, finalmente, y cuando creía que jamás la encontraría, supe que la había hallado, ella era mi bella bestia... Y lo demás no importaba…


El jardín del deleite (publicado en Juntacuentos, Ed. Dunken 2006)