Llegué al hotel al caer la noche, siguiendo una ruta que no aparecía en ningún mapa.
Las ventanas brillaban como si guardaran
veranos de otras décadas.
Una mujer, muy pálida, pero de sonrisa tranquila me entregó una llave sin
número. Caminé sin rumbo. En los pasillos, los huéspedes hablaban de viajes que
nunca habían realizado.
Cada puerta conducía a una fiesta distinta,
pero siempre sonaba la misma melodía perdida.
Intenté recordar por qué
había llegado allí, y descubrí que mi memoria estaba llena de habitaciones
silenciosas.
Entonces comprendí que aquel hotel no era amante de las despedidas y yo me había convertido en uno de sus visitantes eternos…


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