lunes, 10 de agosto de 2026

Zardoz


 

(Zardoz, John Boorman, 1974)

   Una de las cumbres de la ciencia ficción lisérgica, ambiciosa y absolutamente desquiciada de los años 70. Es una película que desafía cualquier intento de clasificación racional: un cruce bizarro entre filosofía pulp, fantasía postapocalíptica, crítica social y estética de peplum con taparrabos.

    La trama nos dice que en un futuro distante (el año 2293), la Tierra está dividida. Por un lado, están los Brutales, una masa empobrecida que vive en tierras baldías dedicada a la agricultura y a la guerra. Por el otro están los Eternos, una élite intelectual que vive en El Vortex, un edén protegido donde han conquistado la muerte, pero a cambio se han vuelto apáticos, estériles y hastiados de la propia existencia.

   El culto de los Brutales gira en torno a Zardoz, una gigantesca cabeza de piedra voladora que les proporciona armas a cambio de grano. El protagonista es Zed (Sean Connery), un exterminador del grupo de los brutales, que logra infiltrarse en el Vortex, desencadenando una crisis existencial y biológica en el utópico mundo de los inmortales.

   Zardoz es una explosión de ideas complejas sobre la inmortalidad, el tedio, la tecnología, el patriarcado y el ciclo de la vida.

   El mayor problema es que la película sufre de una densidad filosófica a veces abrumadora, y es un monumento al cine de autor desatado. Es una obra imperfecta, caótica y visualmente inolvidable que o bien se ama por su absoluta falta de vergüenza y su riqueza temática, o bien se odia por su pretenciosidad bizarra. No hay término medio. Es una rareza imprescindible para entender el momento en que los estudios de Hollywood les dieron carta blanca a los directores para hacer locuras monumentales, que algunas veces salieron bien, y en otras no tanto.

   A pesar de sus vaivenes, la considero de visión obligatoria.    

Yummy/Clínica zombie

 


(Yummy, Lars Damoiseaux, Bélgica, 2019)

    Ambientada íntegramente en una clínica de cirugía estética decadente en Europa del Este, la película es una montaña rusa tan divertida como caótica, cuya principal característica es precisamente su irregularidad tonal.

   La historia sigue a un joven que acompaña a su novia y a su suegra a una clínica clandestina para someterse a una operación de reducción de pechos. Sin embargo, mientras deambula por los pasillos del hospital, descubre accidentalmente que se está llevando a cabo un tratamiento experimental de rejuvenecimiento con células madre. El experimento sale mal, desata una epidemia zombi y convierte el edificio en un matadero flotante de fluidos y vísceras.

   Los efectos prácticos son abundantes, viscosos y exagerados. Hay muertes creativas y secuencias de destrucción corporal que rinden homenaje explícito al cine de Sam Raimi o Peter Jackson.

   La gran debilidad de la película es que no sabe muy bien hacia dónde va. A veces intenta inyectar momentos de tensión o drama familiar que se sienten completamente fuera de lugar en una comedia negra, splatter de este calibre, y con chistes sexuales bastantes grotescos, y los momentos de terror, que son pocos, no están bien logrados. Esos bajones de ritmo atentan contra el producto final.

   Para que el gore funcione en una comedia de terror, a veces necesitas personajes con los que empatizar o al menos disfrutar viendo sufrir. Aquí, muchos de los secundarios caen en el cliché más plano, lo que hace que algunas subtramas se sientan repetitivas y estiren chistes que ya se hicieron y se pierde la gracia.

   Yummy es un pasatiempo salvaje, imperfecto, no es una obra maestra del género ni reinventa la rueda del cine de zombis, pero funciona como una fiesta de Halloween sangrienta para ver con amigos y cero pretensiones. Cero pretensiones.