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jueves, 12 de marzo de 2026

El amor tiene forma de sombra

 




No fue un beso lo que la cambió.

Fue la noche.

Una noche tan honda que devoraba los sonidos, las luces, las plegarias.

 

Ella lo vio entre las sombras:

un rostro pálido, unos ojos como espejos sin fondo.

No sintió miedo —sólo reconocimiento.

Era como mirarse en un reflejo anterior al tiempo.

 

Cuando él la tocó, la sangre se volvió música.

El corazón, un tambor lento que ya no quería detenerse.

Ella cerró los ojos y entendió:

no era su víctima, era su elegida.

 

Desde entonces camina por las calles desiertas,

con la piel fría, los labios teñidos de luna,

y el deseo ardiendo bajo el silencio.

 

Ama la oscuridad porque es lo único que no la traiciona.

Ama la oscuridad porque allí él aún la espera.

Y cuando la noche la envuelve por completo,

siente su aliento en el cuello,

su nombre pronunciado con un hambre sagrada.

 

Entonces sonríe.

Porque el amor, para ella,

siempre tuvo forma de sombra.


FDL 2026

Derechos reservados

jueves, 12 de febrero de 2026

Pétalos helados



 

El cementerio dormía bajo la bruma. La noche se derramaba como tinta sobre las lápidas.

Las cruces parecían susurrar nombres que el viento no se atrevía a repetir.

Ella avanzó descalza, vestida de negro, sosteniendo una rosa que aún no se había abierto.

Cada pétalo era una promesa, cada espina, una herida que no cicatrizaba.

 

Decían que el amor no sobrevive a la muerte.

Pero el suyo había echado raíces en la oscuridad.

 

Al llegar a la tumba de él, se arrodilló. La luna se ocultó detrás de las nubes.

La piedra estaba húmeda, y un hilo de musgo formaba letras invisibles.

Dejó la rosa sobre la losa y esperó.

El silencio era tan profundo que pudo oír su propio corazón desvanecerse.

 

Entonces la flor se abrió.

Sus pétalos exhalaron un perfume antiguo, mezcla de sangre y de recuerdos.

Y del suelo brotó un resplandor leve, como un suspiro contenido demasiado tiempo.

 

Ella comprendió que él seguía allí, entre las raíces, alimentando la flor.

Una parte de su alma, tal vez.

Un fragmento del beso que no llegó a dar.

 

La rosa se quedó viva, floreciendo en cada luna llena.

Quienes pasaban por el lugar juraban oír, en la noche, un murmullo enamorado,

como si alguien pronunciara su nombre con ternura y miedo.

 

Y así, mientras el mundo se olvidaba de ambos,

la rosa continuó creciendo sobre la tumba,

guardando en sus espinas la memoria del amor que nunca quiso morir.


FDL 2026