El ídolo de obsidiana palpitaba en la penumbra del sótano. No era
piedra, sino carne comprimida por eones de abismo. Al rozar su superficie, mis
dedos se fundieron con la negrura viscosa. Ya no distinguía dónde terminaba mi
piel y dónde comenzaba la blasfemia. Escuché el llamado de los antiguos, un
susurro que devoró mi cordura mientras el mundo se desmoronaba.

