Ya disponible para la venta,
Eduardo reconoce ahora que, cuando compró la
casa, el lugar no gritaba "peligro"; aullaba una advertencia que no
quiso ver. El aire mismo alrededor de la fachada parecía vibrar con una
hostilidad, una frecuencia que te erizaba los vellos de la nuca. Pero el precio
era un insulto para el mercado inmobiliario. Fue una de esas gangas que actúan
como un parásito, nublándote el juicio con la promesa de una riqueza fácil. No
lo pensó dos veces; se metió de lleno, devorado por la ambición y el deseo de
poder pasarla bien, al menos por un tiempo.
(Fragmento)


No hay comentarios:
Publicar un comentario