En el pueblo había una hora que no
pertenecía a nadie.
Era la hora que comenzaba cuando el último
reloj de la iglesia daba las tres, por esa razón, los adultos cerraban las
ventanas unos minutos antes.
Los perros dejaban de ladrar, las madres
apagaban las luces de las habitaciones y se quedaban unos segundos junto a las
camas, contemplando a sus hijos como si quisieran asegurarse de que seguían
siendo ellos mismos. Después se marchaban. Y entonces llegaba el Hombre de la
Noche…
Nadie lo había visto entrar jamás. Simplemente
aparecía. Caminaba despacio por las calles mojadas, bajo una lluvia que parecía
caer únicamente sobre él. Vestía un abrigo negro demasiado largo y llevaba una
pequeña caja de madera entre las manos.
Nunca llamaba a las puertas, nunca miraba
hacia las ventanas, pero los niños sabían cuándo había llegado. Lo sabían
porque, justo antes de dormirse, escuchaban tres golpes.
Uno. Dos. Tres. Y después una voz.
—No tengas miedo.
Aunque todos sabían que aquello era
precisamente lo que debían temer.
Elsa tenía nueve años cuando lo vio por
primera vez. Aquella noche había dejado la ventana abierta. Su madre se había enojado.
Le dijo que la cerrara. Elsa obedeció. Pero no completamente. Dejó una rendija.
Lo suficiente para mirar. A las tres menos cinco, la calle estaba vacía. A las
tres en punto, apareció.
Primero vio la sombra. Después los zapatos. Después el abrigo. El
Hombre caminaba lentamente por el centro de la calle. La caja descansaba contra
su pecho.
Elsa contuvo la respiración. El Hombre se
detuvo frente a su casa, no levantó la cabeza, no miró la ventana, sin embargo,
Elsa tuvo la certeza de que sabía que ella estaba allí. Entonces escuchó los
tres golpes.
Uno. Dos. Tres. La caja se abrió.
Desde su habitación, Elsa no pudo ver qué
había dentro, pero escuchó algo. Un sollozo. Muy pequeño.
Como el de un niño que intenta no despertar
a sus padres.
Elsa retrocedió y el Hombre habló.
—Todavía lo recuerdas.
Ella no entendió.
—¿Qué?
El Hombre levantó lentamente la cabeza. Por
primera vez, Elsa vio su rostro. Era un rostro pálido, casi infantil. Demasiado
joven para pertenecer a un hombre, y tenía los ojos de alguien que llevaba
muchos años sin dormir.
—La noche del pozo —dijo.
Elsa sintió que algo helado le recorría la
espalda. Ella no conocía ningún pozo. O eso creía.
El Hombre cerró la caja. Luego se alejó.
Al día siguiente, Elsa preguntó a su madre
qué había ocurrido en el pueblo aquella noche.
Su madre dejó de cortar el pan. El cuchillo
permaneció suspendido sobre la mesa.
—¿Qué noche?
—La del pozo.
El rostro de su madre cambió. No fue miedo,
fue reconocimiento. Un reconocimiento tan profundo que durante unos segundos
pareció que había olvidado dónde estaba. Después sonrió.
—No existe ningún pozo.
Elsa miró por la ventana. En el jardín,
detrás de los árboles, había algo negro entre la hierba. Una estructura
circular de piedra. Su madre siguió su mirada, entonces dejó caer el cuchillo.
—No vuelvas a mirar allí.
Esa noche Elsa no durmió. A las tres en
punto, volvieron los golpes. Uno. Dos. Tres.
Pero esta vez no llegaron desde la calle, llegaron
desde debajo de su cama.
Elsa permaneció inmóvil. Escuchó una
respiración, después, un susurro.
—Elsa...
La voz era la de su madre.
—Elsa, abre.
La niña cerró los ojos. La voz volvió a
llamarla, pero esta vez ya no era la voz de su madre. Era la voz de un niño.
—Tengo frío.
Elsa bajó lentamente de la cama. Se
arrodilló. Miró debajo con cuidado. No había nadie. Solo la caja. Pequeña. Negra.
Húmeda. La misma que llevaba el Hombre.
Elsa extendió la mano. Antes de tocarla,
escuchó la puerta de su habitación abrirse.
Su madre
estaba allí. Descalza. Con el cabello suelto y llorando.
—No la abras.
Elsa la miró.
—¿Qué hay dentro?
Su madre tardó en responder.
—Nosotros.
Aquella fue la primera vez que Elsa vio a su
madre verdaderamente asustada, no por ella, no por el Hombre, sino por algo que
estaba escondido bajo muchos años. Algo enterrado. Algo que todavía esperaba.
La madre se acercó y tomó la caja, pero
antes de poder cerrarla, una ráfaga de viento atravesó la habitación. Las velas
se apagaron. La ventana se abrió de golpe, y desde la calle llegó una canción
infantil. Una canción que Elsa conocía. Todos los niños del pueblo la conocían.
Pero nadie sabía quién la había inventado.
Su madre
comenzó a temblar.
—Ya volvió.
Elsa miró hacia la calle. El Hombre estaba
allí, pero ahora había otros.
Decenas. Cientos. Figuras pequeñas
permanecían inmóviles bajo la lluvia.
Eran niños. Todos vestidos de blanco, todos
mirando hacia la casa, y entre ellos había uno que Elsa reconoció. Un niño muy
pequeño. Descalzo, con el rostro cubierto de barro. Era idéntico al retrato que
colgaba en el pasillo de su casa. El retrato de su madre cuando tenía nueve
años.
Elsa volvió la cabeza. Su madre ya no
estaba. La habitación estaba vacía. Sólo quedaba la caja sobre el suelo. Y una
puerta que no existía antes, una puerta negra al fondo de la habitación.
Elsa la abrió. Al otro lado estaba el
bosque. No el bosque que rodeaba el pueblo. Otro, más antiguo. Los árboles eran
enormes y blancos. La luna estaba roja, y en el centro había un pozo. Alrededor
del pozo había niños. Todos dormidos y el Hombre de la Noche estaba sentado
junto a ellos. Había dejado la caja abierta.
Elsa se acercó.
—¿Qué les hiciste?
El Hombre no respondió. Miró hacia el pozo.
—Yo no les hice nada.
—Entonces, ¿por qué están dormidos?
—Porque recuerdan.
Elsa miró dentro del pozo. No había agua. Había
rostros. Decenas de rostros. Adultos. Hombres. Mujeres. Ancianos. Todos
gritando sin emitir sonido. Y entre ellos estaba su madre. Elsa retrocedió.
—¿Qué pasó aquí?
El Hombre se levantó. Por primera vez, Elsa
vio que sus manos eran pequeñas, manos de niño.
—Nos dijeron que olvidáramos.
—¿Quiénes?
El Hombre señaló el pueblo. Las casas
parecían diminutas desde allí, como juguetes.
—Nuestros
padres.
Elsa comprendió entonces. La leyenda no había nacido para asustar a los
niños, había nacido para ocultar algo.
Una noche, muchos años atrás, los niños del
pueblo habían desaparecido. Habían llegado hasta aquel bosque, habían jugado
alrededor del pozo. Y algo había ocurrido. Algo que los adultos habían decidido
enterrar.
Los niños regresaron. Pero no todos. Y los
que volvieron dejaron una parte de sí mismos en el fondo del pozo. El miedo. La
culpa. Los sueños. La memoria.
El Hombre abrió la caja. Dentro no había
nada.
—¿Entonces para qué sirve?
El Hombre sonrió.
—Para que puedan creer que el miedo cabe en
algún sitio. Elsa miró nuevamente el pozo. Su madre estaba allí abajo.
Pero ahora ya no gritaba. Sonreía. Como una
niña. El Hombre tomó la mano de Elsa. Estaba fría.
—Es hora de volver.
Caminaron juntos hacia el pueblo.
Cuando llegaron a la primera casa, todas las
ventanas estaban iluminadas.
Los adultos permanecían detrás de los
cristales, todos sonreían. Todos parecían niños.
Elsa buscó a su madre. No la encontró, entonces
el Hombre le entregó la caja.
—Ahora es tuya.
—¿Qué tengo que hacer?
El Hombre comenzó a alejarse.
—Esperar.
—¿Hasta cuándo?
Se detuvo. Miró hacia atrás. Y durante un
instante Elsa comprendió algo terrible: el Hombre no era el que venía por los
niños. El Hombre era el niño que había quedado esperando, esperando que alguien
lo recordara.
Las campanas de la iglesia comenzaron a
sonar.
Una. Dos. Tres.
Elsa abrió la caja. Estaba vacía. Entonces
escuchó tres golpes en la puerta de su casa.
Uno. Dos. Tres. Y desde el interior, una voz
infantil preguntó:
—¿Mamá?
Elsa levantó la mirada. Todas las ventanas
del pueblo se habían apagado.
Todas excepto una. La de su habitación. Y
detrás del cristal había una niña. Una niña idéntica a ella. Mirándola desde
dentro. Sonriendo.
Elsa comprendió entonces que nunca había
salido de aquella habitación.
Que nunca había seguido al Hombre.
Que nunca había visto el bosque.
Que nunca había abierto la caja.
Porque algunas noches no terminan cuando
despertamos. Algunas noches solamente cambian de dueño.
Y a las tres en punto, cuando el último
reloj de la iglesia volvió a sonar, alguien llamó tres veces a la ventana.
Uno. Dos. Tres. Elsa abrió los ojos y sonrió…
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