(Mother Mary, David Lowery, 2026)
La película narra
la historia de una famosa estrella del pop y su compleja relación con una
prestigiosa diseñadora de moda. Pero, bajo la superficie de este drama humano,
late una extraña corriente de ficción introspectiva y horror existencial que
hace que la cinta se fracture constantemente.
La misma es una
montaña rusa emocional. Salta de un drama musical íntimo y sutil a secuencias
de surrealismo puro que rozan el body-horror con algo de terror religioso. Para
muchos espectadores, este cambio de registro resulta desconcertante; la cinta
se siente como tres películas diferentes que intentan ocupar el mismo espacio
al mismo tiempo.
El caos narrativo
funciona como una herramienta de inmersión que confunde. El montaje es
agresivo, a veces rompe la continuidad temporal o emocional, obligándonos a
sentir la misma desorientación que sufren sus protagonistas, atrapadas en el
ojo del huracán de la fama y la presión creativa.
Visualmente es
impecable, pero se siente
sobrecargada de metáforas, pretenciosa y por momentos parece una obra de teatro
escrita para dos personajes.
Los números musicales constituyen uno de
los aspectos destacados de la película y tienen gran factura, aunque las
referencias religiosas puedan parecer desmedidas en una historia que no termina
de cerrar y a la que le parecen sobrar muchos minutos.
Una producción interesante,
pero para ver con reservas. No es para todos los públicos.






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