No
fue un beso lo que la cambió.
Fue
la noche.
Una
noche tan honda que devoraba los sonidos, las luces, las plegarias.
Ella
lo vio entre las sombras:
un
rostro pálido, unos ojos como espejos sin fondo.
No
sintió miedo —sólo reconocimiento.
Era
como mirarse en un reflejo anterior al tiempo.
Cuando
él la tocó, la sangre se volvió música.
El
corazón, un tambor lento que ya no quería detenerse.
Ella
cerró los ojos y entendió:
no
era su víctima, era su elegida.
Desde
entonces camina por las calles desiertas,
con
la piel fría, los labios teñidos de luna,
y el
deseo ardiendo bajo el silencio.
Ama
la oscuridad porque es lo único que no la traiciona.
Ama
la oscuridad porque allí él aún la espera.
Y
cuando la noche la envuelve por completo,
siente
su aliento en el cuello,
su
nombre pronunciado con un hambre sagrada.
Entonces
sonríe.
Porque
el amor, para ella,
siempre
tuvo forma de sombra.
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