El
cementerio dormía bajo la bruma. La noche se derramaba como tinta sobre las
lápidas.
Las
cruces parecían susurrar nombres que el viento no se atrevía a repetir.
Ella
avanzó descalza, vestida de negro, sosteniendo una rosa que aún no se había
abierto.
Cada
pétalo era una promesa, cada espina, una herida que no cicatrizaba.
Decían
que el amor no sobrevive a la muerte.
Pero
el suyo había echado raíces en la oscuridad.
Al
llegar a la tumba de él, se arrodilló. La luna se ocultó detrás de las nubes.
La
piedra estaba húmeda, y un hilo de musgo formaba letras invisibles.
Dejó
la rosa sobre la losa y esperó.
El
silencio era tan profundo que pudo oír su propio corazón desvanecerse.
Entonces
la flor se abrió.
Sus
pétalos exhalaron un perfume antiguo, mezcla de sangre y de recuerdos.
Y del
suelo brotó un resplandor leve, como un suspiro contenido demasiado tiempo.
Ella
comprendió que él seguía allí, entre las raíces, alimentando la flor.
Una
parte de su alma, tal vez.
Un
fragmento del beso que no llegó a dar.
La
rosa se quedó viva, floreciendo en cada luna llena.
Quienes
pasaban por el lugar juraban oír, en la noche, un murmullo enamorado,
como
si alguien pronunciara su nombre con ternura y miedo.
Y
así, mientras el mundo se olvidaba de ambos,
la
rosa continuó creciendo sobre la tumba,
guardando
en sus espinas la memoria del amor que nunca quiso morir.
FDL 2026


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