Bajo el azote inclemente de la tormenta, la muchacha alzó su violín con una
calma inusitada y caminó hacia el borde mismo de la costa. A sus pies, el mar
bramaba con una furia oscura, golpeando los acantilados como una bestia ciega e
intimidante.
Se detuvo, con la mirada perdida
en un horizonte donde el cielo y el agua se fundían en una sola negra espesura.
El viento sacudía sus cabellos con rabia, sin importarle, comenzó a desgranar
una melodía antiquísima, un canto lúgubre y cortante que parecía rasgar el mismo
tejido del aire.
No era música para apaciguar la
noche. Era una llamada ancestral, la bienvenida precisa para aquellos que
habían dormido demasiado tiempo en el fondo insondable del abismo... y cuyos
ojos, por fin, comenzaban a abrirse en la oscuridad.
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