(Yummy, Lars
Damoiseaux, Bélgica, 2019)
Ambientada íntegramente en una clínica de cirugía
estética decadente en Europa del Este, la película es una montaña rusa tan
divertida como caótica, cuya principal característica es precisamente su irregularidad
tonal.
La historia sigue a un joven que acompaña a su novia y a
su suegra a una clínica clandestina para someterse a una operación de reducción
de pechos. Sin embargo, mientras deambula por los pasillos del hospital,
descubre accidentalmente que se está llevando a cabo un tratamiento
experimental de rejuvenecimiento con células madre. El experimento sale mal,
desata una epidemia zombi y convierte el edificio en un matadero flotante de
fluidos y vísceras.
Los efectos
prácticos son abundantes, viscosos y exagerados. Hay muertes creativas y
secuencias de destrucción corporal que rinden homenaje explícito al cine de Sam
Raimi o Peter Jackson.
La gran
debilidad de la película es que no sabe muy bien hacia dónde va. A veces
intenta inyectar momentos de tensión o drama familiar que se sienten
completamente fuera de lugar en una comedia negra, splatter de este
calibre, y con chistes sexuales bastantes grotescos, y los momentos de terror,
que son pocos, no están bien logrados. Esos bajones de ritmo atentan contra el
producto final.
Para que el gore
funcione en una comedia de terror, a veces necesitas personajes con los que
empatizar o al menos disfrutar viendo sufrir. Aquí, muchos de los secundarios
caen en el cliché más plano, lo que hace que algunas subtramas se sientan
repetitivas y estiren chistes que ya se hicieron y se pierde la gracia.
Yummy es un pasatiempo salvaje, imperfecto, no es una obra
maestra del género ni reinventa la rueda del cine de zombis, pero funciona como
una fiesta de Halloween sangrienta para ver con amigos y cero pretensiones. Cero
pretensiones.


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