lunes, 10 de agosto de 2026

Yummy/Clínica zombie

 


(Yummy, Lars Damoiseaux, Bélgica, 2019)

    Ambientada íntegramente en una clínica de cirugía estética decadente en Europa del Este, la película es una montaña rusa tan divertida como caótica, cuya principal característica es precisamente su irregularidad tonal.

   La historia sigue a un joven que acompaña a su novia y a su suegra a una clínica clandestina para someterse a una operación de reducción de pechos. Sin embargo, mientras deambula por los pasillos del hospital, descubre accidentalmente que se está llevando a cabo un tratamiento experimental de rejuvenecimiento con células madre. El experimento sale mal, desata una epidemia zombi y convierte el edificio en un matadero flotante de fluidos y vísceras.

   Los efectos prácticos son abundantes, viscosos y exagerados. Hay muertes creativas y secuencias de destrucción corporal que rinden homenaje explícito al cine de Sam Raimi o Peter Jackson.

   La gran debilidad de la película es que no sabe muy bien hacia dónde va. A veces intenta inyectar momentos de tensión o drama familiar que se sienten completamente fuera de lugar en una comedia negra, splatter de este calibre, y con chistes sexuales bastantes grotescos, y los momentos de terror, que son pocos, no están bien logrados. Esos bajones de ritmo atentan contra el producto final.

   Para que el gore funcione en una comedia de terror, a veces necesitas personajes con los que empatizar o al menos disfrutar viendo sufrir. Aquí, muchos de los secundarios caen en el cliché más plano, lo que hace que algunas subtramas se sientan repetitivas y estiren chistes que ya se hicieron y se pierde la gracia.

   Yummy es un pasatiempo salvaje, imperfecto, no es una obra maestra del género ni reinventa la rueda del cine de zombis, pero funciona como una fiesta de Halloween sangrienta para ver con amigos y cero pretensiones. Cero pretensiones. 


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