(La Planète sauvage, René Laloux, Francia,
1973)
Más
que una película de animación; es una experiencia surrealista, filosófica y
visualmente hipnótica que marcó un hito en el cine de ciencia ficción europeo. Basada
en la estética del ilustrador Roland Topor, es una obra que se ha convertido en
un clásico de culto.
Ganadora
del Gran Premio del Jurado en Cannes, "El planeta salvaje" es una
fábula distópica que utiliza la animación para explorar temas complejos como el
racismo, la opresión y el derecho a la existencia.
En
el lejano planeta Yagam, viven los Draags, unos gigantes azules con ojos rojos
y orejas de pez que poseen una tecnología y espiritualidad sumamente avanzadas.
En este mundo, los humanos (llamados Oms) son considerados animales salvajes o,
en el mejor de los casos, mascotas domésticas de los niños Draag.
La
trama sigue a Terr, un Om que es adoptado por una joven Draag. Gracias a un
dispositivo de aprendizaje electrónico de su dueña, Terr adquiere conocimientos
científicos y filosóficos que los Draags creían que los humanos no podían
procesar. Tras escapar, Terr utiliza este conocimiento para organizar una
resistencia y luchar por la libertad de su especie.
Lo que la hace una obra maestra:
La
historia invita a la reflexión sobre cómo tratamos a los animales y cómo las
estructuras de poder utilizan la supuesta "superioridad intelectual"
para justificar la tiranía. Es un comentario crudo sobre la deshumanización.
Aunque
su ritmo es pausado, cada cuadro está lleno de detalles que expanden el
universo de la historia.
Es
fascinante ver cómo el conocimiento se convierte en la herramienta definitiva
de liberación. En un mundo de gigantes, la única forma de que los pequeños
sobrevivan es a través de la educación y la unidad. Es una pieza imprescindible
para cualquier amante del cine que busque algo que desafíe su percepción visual
y su conciencia social.
Una
joya de la animación experimental. Extraña, hermosa y profundamente
provocadora.


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