martes, 3 de noviembre de 2026

Transmutations

 


(Transmutations/Underworld, George Pavlou, 1985)

   Este film, no tan conocido por el público, ocupa un lugar absolutamente singular en la historia del cine de género. Es la primera adaptación cinematográfica de una historia de Clive Barker, antes de que él mismo decidiera ponerse tras las cámaras para dirigir Hellraiser (1987). El resultado es un híbrido tan ambicioso como descarrilado: una colisión frontal entre el neo-noir británico de los años 80, el melodrama de gánsteres y un body horror subterráneo.

   La trama sigue a Roy Bain, un detective privado decadente y cínico que es contratado por un poderoso capo de la mafia londinense, Motherskille, para localizar a una prostituta desaparecida llamada Nicole. A medida que Bain se adentra en los bajos fondos de Londres, descubre que la desaparición está vinculada a uno seres mutantes, desterrados de la superficie.

 Aquí el núcleo conceptual de Barker es inconfundible. La idea de una sociedad grotesca pero moralmente superior que habita bajo el asfalto es el borrador directo de lo que más tarde perfeccionaría en Cabal (Nightbreed, 1990). La mutilación, la obsesión por la carne alterada y la empatía hacia los "monstruos" ya están firmemente sembradas aquí.

   El reparto es una pequeña joya: Denholm Elliott (el entrañable Marcus Brody de Indiana Jones) interpreta a un científico de curiosa moral. A su lado, Steven Berkoff, despliega su habitual sobreactuación teatral como el villano corporativo, aportando una presencia extravagante que encaja de maravilla con la sordidez de la producción. Una joven Miranda Richardson, en un pequeño papel, nos deja con ganas de más.

   La película luce ese barniz estético tan característico del cine británico independiente de mediados de los 80: iluminación con tubos de neón azul y rosa, humo saliendo de las alcantarillas, sintetizadores envolventes y una atmósfera de constante decadencia urbana.

   El gran problema de Transmutations es su crisis de identidad. La dirección de George Pavlou intenta encajar a la fuerza un thriller policíaco convencional dentro de una premisa de horror de ciencia ficción aberrante. La transición entre los tiroteos de gánsteres británicos y los dilemas existenciales de los mutantes resulta brusca y desconcertante.

   Aunque el diseño de maquillaje de las criaturas tiene destellos de ingenio artesanal, las limitaciones financieras pasan factura. Algunos mutantes lucen genuinamente inquietantes, mientras que otros se quedan a medio camino de una máscara de látex barata para Halloween, restándole impacto al drama biológico.

   Sin dudas, no es una película redonda ni mucho menos; su choque de géneros es torpe y su ritmo flaquea en el segundo acto. Sin embargo, su atmósfera de noir subterráneo, su reparto, la belleza de las protagonistas y sus atrevidos conceptos de mutación corporal le otorgan un encanto áspero e innegable.

   Una curiosidad, un borrador imperfecto del universo de Clive Barker, sumergido en alcantarillas de neón y serie B ochentera.




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