(Transmutations/Underworld,
George Pavlou, 1985)
Este film, no tan conocido por el público, ocupa un lugar
absolutamente singular en la historia del cine de género. Es la primera
adaptación cinematográfica de una historia de Clive Barker, antes de que él
mismo decidiera ponerse tras las cámaras para dirigir Hellraiser (1987).
El resultado es un híbrido tan ambicioso como descarrilado: una colisión
frontal entre el neo-noir británico de los años 80, el melodrama de
gánsteres y un body horror subterráneo.
La trama sigue a
Roy Bain, un detective privado decadente y cínico que es contratado por un
poderoso capo de la mafia londinense, Motherskille, para localizar a
una prostituta desaparecida llamada Nicole. A medida que Bain se adentra en los
bajos fondos de Londres, descubre que la desaparición está vinculada a uno
seres mutantes, desterrados de la superficie.
Aquí el núcleo
conceptual de Barker es inconfundible. La idea de una sociedad grotesca pero
moralmente superior que habita bajo el asfalto es el borrador directo de lo que
más tarde perfeccionaría en Cabal (Nightbreed, 1990). La
mutilación, la obsesión por la carne alterada y la empatía hacia los
"monstruos" ya están firmemente sembradas aquí.
El reparto es una pequeña joya: Denholm
Elliott (el entrañable Marcus Brody de Indiana Jones) interpreta a un científico
de curiosa moral. A su lado, Steven Berkoff, despliega su habitual
sobreactuación teatral como el villano corporativo, aportando una presencia
extravagante que encaja de maravilla con la sordidez de la producción. Una
joven Miranda Richardson, en un pequeño papel, nos deja con ganas de más.
La película luce
ese barniz estético tan característico del cine británico independiente de
mediados de los 80: iluminación con tubos de neón azul y rosa, humo saliendo de
las alcantarillas, sintetizadores envolventes y una atmósfera de constante
decadencia urbana.
El gran problema de
Transmutations es su crisis de identidad. La dirección de George Pavlou
intenta encajar a la fuerza un thriller policíaco convencional dentro de una
premisa de horror de ciencia ficción aberrante. La transición entre los
tiroteos de gánsteres británicos y los dilemas existenciales de los mutantes
resulta brusca y desconcertante.
Aunque el diseño
de maquillaje de las criaturas tiene destellos de ingenio artesanal, las
limitaciones financieras pasan factura. Algunos mutantes lucen genuinamente
inquietantes, mientras que otros se quedan a medio camino de una máscara de
látex barata para Halloween, restándole impacto al drama biológico.
Sin dudas, no es
una película redonda ni mucho menos; su choque de géneros es torpe y su ritmo
flaquea en el segundo acto. Sin embargo, su atmósfera de noir subterráneo, su
reparto, la belleza de las protagonistas y sus atrevidos conceptos de mutación
corporal le otorgan un encanto áspero e innegable.
Una curiosidad,
un borrador imperfecto del universo de Clive Barker, sumergido en alcantarillas
de neón y serie B ochentera.


