miércoles, 28 de octubre de 2026

El Hombre de la Noche

 



   En el pueblo había una hora que no pertenecía a nadie.

   Era la hora que comenzaba cuando el último reloj de la iglesia daba las tres, por esa razón, los adultos cerraban las ventanas unos minutos antes.

   Los perros dejaban de ladrar, las madres apagaban las luces de las habitaciones y se quedaban unos segundos junto a las camas, contemplando a sus hijos como si quisieran asegurarse de que seguían siendo ellos mismos. Después se marchaban. Y entonces llegaba el Hombre de la Noche…

   Nadie lo había visto entrar jamás. Simplemente aparecía. Caminaba despacio por las calles mojadas, bajo una lluvia que parecía caer únicamente sobre él. Vestía un abrigo negro demasiado largo y llevaba una pequeña caja de madera entre las manos.

   Nunca llamaba a las puertas, nunca miraba hacia las ventanas, pero los niños sabían cuándo había llegado. Lo sabían porque, justo antes de dormirse, escuchaban tres golpes.

   Uno. Dos. Tres. Y después una voz.

   —No tengas miedo.

   Aunque todos sabían que aquello era precisamente lo que debían temer.

   Elsa tenía nueve años cuando lo vio por primera vez. Aquella noche había dejado la ventana abierta. Su madre se había enojado. Le dijo que la cerrara. Elsa obedeció. Pero no completamente. Dejó una rendija. Lo suficiente para mirar. A las tres menos cinco, la calle estaba vacía. A las tres en punto, apareció.

   Primero vio la sombra.  Después los zapatos. Después el abrigo. El Hombre caminaba lentamente por el centro de la calle. La caja descansaba contra su pecho.

   Elsa contuvo la respiración. El Hombre se detuvo frente a su casa, no levantó la cabeza, no miró la ventana, sin embargo, Elsa tuvo la certeza de que sabía que ella estaba allí. Entonces escuchó los tres golpes.

   Uno. Dos. Tres. La caja se abrió.

   Desde su habitación, Elsa no pudo ver qué había dentro, pero escuchó algo. Un sollozo. Muy pequeño.

   Como el de un niño que intenta no despertar a sus padres.

   Elsa retrocedió y el Hombre habló.

   —Todavía lo recuerdas.

   Ella no entendió.

   —¿Qué?

   El Hombre levantó lentamente la cabeza. Por primera vez, Elsa vio su rostro. Era un rostro pálido, casi infantil. Demasiado joven para pertenecer a un hombre, y tenía los ojos de alguien que llevaba muchos años sin dormir.

   —La noche del pozo —dijo.

   Elsa sintió que algo helado le recorría la espalda. Ella no conocía ningún pozo. O eso creía.

   El Hombre cerró la caja. Luego se alejó.

   Al día siguiente, Elsa preguntó a su madre qué había ocurrido en el pueblo aquella noche.

   Su madre dejó de cortar el pan. El cuchillo permaneció suspendido sobre la mesa.

   —¿Qué noche?

   —La del pozo.

   El rostro de su madre cambió. No fue miedo, fue reconocimiento. Un reconocimiento tan profundo que durante unos segundos pareció que había olvidado dónde estaba.    Después sonrió.

   —No existe ningún pozo.

   Elsa miró por la ventana. En el jardín, detrás de los árboles, había algo negro entre la hierba. Una estructura circular de piedra. Su madre siguió su mirada, entonces dejó caer el cuchillo.

   —No vuelvas a mirar allí.

   Esa noche Elsa no durmió. A las tres en punto, volvieron los golpes. Uno. Dos. Tres.

   Pero esta vez no llegaron desde la calle, llegaron desde debajo de su cama.

   Elsa permaneció inmóvil. Escuchó una respiración, después, un susurro.

   —Elsa...

   La voz era la de su madre.

   —Elsa, abre.

   La niña cerró los ojos. La voz volvió a llamarla, pero esta vez ya no era la voz de su madre. Era la voz de un niño.

   —Tengo frío.

   Elsa bajó lentamente de la cama. Se arrodilló. Miró debajo con cuidado. No había nadie. Solo la caja. Pequeña. Negra. Húmeda. La misma que llevaba el Hombre.

   Elsa extendió la mano. Antes de tocarla, escuchó la puerta de su habitación abrirse.

Su madre estaba allí. Descalza. Con el cabello suelto y llorando.

   —No la abras.

   Elsa la miró.

   —¿Qué hay dentro?

   Su madre tardó en responder.

   —Nosotros.

   Aquella fue la primera vez que Elsa vio a su madre verdaderamente asustada, no por ella, no por el Hombre, sino por algo que estaba escondido bajo muchos años. Algo enterrado. Algo que todavía esperaba.

   La madre se acercó y tomó la caja, pero antes de poder cerrarla, una ráfaga de viento atravesó la habitación. Las velas se apagaron. La ventana se abrió de golpe, y desde la calle llegó una canción infantil. Una canción que Elsa conocía. Todos los niños del pueblo la conocían. Pero nadie sabía quién la había inventado.

Su madre comenzó a temblar.

   —Ya volvió.

   Elsa miró hacia la calle. El Hombre estaba allí, pero ahora había otros.

   Decenas. Cientos. Figuras pequeñas permanecían inmóviles bajo la lluvia.

   Eran niños. Todos vestidos de blanco, todos mirando hacia la casa, y entre ellos había uno que Elsa reconoció. Un niño muy pequeño. Descalzo, con el rostro cubierto de barro. Era idéntico al retrato que colgaba en el pasillo de su casa. El retrato de su madre cuando tenía nueve años.

   Elsa volvió la cabeza. Su madre ya no estaba. La habitación estaba vacía. Sólo quedaba la caja sobre el suelo. Y una puerta que no existía antes, una puerta negra al fondo de la habitación.

   Elsa la abrió. Al otro lado estaba el bosque. No el bosque que rodeaba el pueblo. Otro, más antiguo. Los árboles eran enormes y blancos. La luna estaba roja, y en el centro había un pozo. Alrededor del pozo había niños. Todos dormidos y el Hombre de la Noche estaba sentado junto a ellos. Había dejado la caja abierta.

   Elsa se acercó.

   —¿Qué les hiciste?

   El Hombre no respondió. Miró hacia el pozo.

   —Yo no les hice nada.

   —Entonces, ¿por qué están dormidos?

   —Porque recuerdan.

   Elsa miró dentro del pozo. No había agua. Había rostros. Decenas de rostros. Adultos. Hombres. Mujeres. Ancianos. Todos gritando sin emitir sonido. Y entre ellos estaba su madre. Elsa retrocedió.

   —¿Qué pasó aquí?

   El Hombre se levantó. Por primera vez, Elsa vio que sus manos eran pequeñas, manos de niño.

   —Nos dijeron que olvidáramos.

   —¿Quiénes?

   El Hombre señaló el pueblo. Las casas parecían diminutas desde allí, como juguetes.

—Nuestros padres.

   Elsa comprendió entonces.  La leyenda no había nacido para asustar a los niños, había nacido para ocultar algo.

   Una noche, muchos años atrás, los niños del pueblo habían desaparecido. Habían llegado hasta aquel bosque, habían jugado alrededor del pozo. Y algo había ocurrido. Algo que los adultos habían decidido enterrar.

   Los niños regresaron. Pero no todos. Y los que volvieron dejaron una parte de sí mismos en el fondo del pozo. El miedo. La culpa. Los sueños. La memoria.

   El Hombre abrió la caja. Dentro no había nada.

   —¿Entonces para qué sirve?

   El Hombre sonrió.

   —Para que puedan creer que el miedo cabe en algún sitio. Elsa miró nuevamente el pozo. Su madre estaba allí abajo.

   Pero ahora ya no gritaba. Sonreía. Como una niña. El Hombre tomó la mano de Elsa. Estaba fría.

   —Es hora de volver.

   Caminaron juntos hacia el pueblo.

   Cuando llegaron a la primera casa, todas las ventanas estaban iluminadas.

   Los adultos permanecían detrás de los cristales, todos sonreían. Todos parecían niños.

   Elsa buscó a su madre. No la encontró, entonces el Hombre le entregó la caja.

   —Ahora es tuya.

   —¿Qué tengo que hacer?

   El Hombre comenzó a alejarse.

   —Esperar.

   —¿Hasta cuándo?

   Se detuvo. Miró hacia atrás. Y durante un instante Elsa comprendió algo terrible: el Hombre no era el que venía por los niños. El Hombre era el niño que había quedado esperando, esperando que alguien lo recordara.

   Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.

   Una. Dos. Tres.

   Elsa abrió la caja. Estaba vacía. Entonces escuchó tres golpes en la puerta de su casa.

   Uno. Dos. Tres. Y desde el interior, una voz infantil preguntó:

   —¿Mamá?

   Elsa levantó la mirada. Todas las ventanas del pueblo se habían apagado.

   Todas excepto una. La de su habitación. Y detrás del cristal había una niña. Una niña idéntica a ella. Mirándola desde dentro. Sonriendo.

   Elsa comprendió entonces que nunca había salido de aquella habitación.

   Que nunca había seguido al Hombre.

   Que nunca había visto el bosque.

   Que nunca había abierto la caja.

   Porque algunas noches no terminan cuando despertamos. Algunas noches solamente cambian de dueño.

   Y a las tres en punto, cuando el último reloj de la iglesia volvió a sonar, alguien llamó tres veces a la ventana.

   Uno. Dos. Tres. Elsa abrió los ojos y sonrió…


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