jueves, 23 de abril de 2026

Blacula

 


(Blacula, William Crain, 1971)

   Curiosa blaxplotation que adapta la novela de Stoker a los años 70`s.

    En 1780, el príncipe africano Mamuwalde (William Marshall) viaja a Transilvania para pedirle al Conde Drácula que le ayude a detener el comercio de esclavos. El Conde, en un acto de racismo y sadismo puro, lo maldice con el vampirismo, lo encierra en un ataúd y lo condena a una sed eterna.

   Doscientos años después, en 1972, dos decoradores de interiores de Los Ángeles compran el contenido del castillo de Drácula y, sin saberlo, liberan a Mamuwalde en un mundo de peinados afro, música funk y clubes nocturnos. Allí, el príncipe cree encontrar en una mujer llamada Tina la reencarnación de su esposa perdida, iniciando una búsqueda de amor y sangre.

Los Puntos Clave:

  • William Marshall, el Alma de la Película: Marshall era un actor de formación clásica y se nota. Su presencia es imponente, su voz es profunda y le otorga a Mamuwalde una dignidad aristocrática y un dolor real. No es un monstruo que mata por maldad, sino un hombre atrapado en una maldición que odia.
  • Banda Sonora de Puro Soul: La música es uno de los pilares de la cinta. Con temas de The Hues Corporation y una partitura de Gene Page, la película se siente vibrante y auténtica.  
  • Subtexto Social: A diferencia de otros vampiros, el origen de Blacula está ligado directamente al horror de la esclavitud. Su monstruosidad es impuesta por un opresor europeo, lo que añade una capa de lectura política que eleva la película por encima del simple cine de género.

 

   Blacula es una película de contrastes marcados. Por un lado, arrastra los defectos inevitables de una producción de bajo presupuesto de principios de los 70: efectos especiales modestos, actuaciones secundarias que no siempre dan la talla y un ritmo que, por momentos, se siente desigual.

   Sin embargo, lo más cuestionable es la nula transición en el arco de los personajes y ciertas situaciones que resultan inverosímiles incluso dentro del cine fantástico. Llama la atención que Mamuwalde, tras despertar en un país extraño y varios siglos después de su tiempo, parezca no asombrarse ante nada. Se comunica con total normalidad y se integra al entorno de 1972 sin el más mínimo atisbo de choque cultural, un atajo narrativo que le resta realismo a su condición de "hombre fuera de su tiempo".

   Todo lo anterior se compensa con la excelente química de la pareja protagonista y una ambientación urbana impecable. La película brilla cuando captura la esencia de las calles y los bares de Los Ángeles de la época, dotando a la cinta de una identidad visual y sonora única.

   Más que una película de terror —género que nunca termina de abrazar por completo—, estamos ante una historia de amor trágica disfrazada de cine de monstruos.

   El final es especialmente potente. Logra alejarse de los caminos trillados de este tipo de relatos, ofreciendo una resolución que tiene más de dignidad y sacrificio que de simple derrota del villano.

 Sin dudas es una pieza fundamental del cine de terror setentero que merece ser revisada sin prejuicios. Visualmente icónica.


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